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No existe en el mundo doctrina
económica que goce de más aceptación entre
los economistas que la referente a la del libre comercio fundada
en la especialización internacional, en relación a
la ventaja comparativa que reporta. Sustentada esta doctrina por
los acuerdos vigentes del NAFTA y el GATT. Sería bueno para
la vida del hombre en el planeta revertir esta premisa, y optar
por favorecer la producción nacional para mercados domésticos.
Empleando el comercio internacional sólo si fuese necesario
y así evitar que se entrometa en la economía de un
país, con la secuela visible e inevitable de provocar un
desastre social y ambiental irreparable.
El curso más prudente
a seguir se basa en las ya olvidadas palabras de John Maynard Keynes:
“Van, pues, mis simpatías hacia quienes quieren reducir
al mínimo las interrelaciones económicas entre las
naciones, y no con quienes quieren liar más la madeja “.
Viajes, cultura, conocimiento,
arte, hospitalidad, se constituyen en elementos fundamentales de
intercambio dentro del comercio internacional. Es prioritario que
las finanzas sean nacionales.
En el extremo opuesto nos
encontramos a los grandes defensores del libre comercio mundial
que no sólo le restan importancia a las finanzas internas
sino que también quieren que las finanzas, los servicios
y todo lo restante sea fundamentalmente internacional.
En los debates o charlas sobre
el tema suele trazarse una línea divisoria entre economistas
y ecologistas. Los primeros estarían a favor del libre comercio,
mientras que los segundos en contra. Esta postura se torna insana
a la hora de dilucidar la realidad de la cuestión.
Los que bogan a favor del
libre comercio buscan el máximo beneficio y producción
sin tener en cuenta los costos sociales y ambientales ocultos en
sus prácticas. Ellos están convencidos que cuando
el crecimiento económico genere suficiente riqueza, ésta
servirá para reparar y limpiar el daño producido.
Del otro lado, los ecologistas y también algunos economistas
sostienen que el aumento del crecimiento económico va a producir
un incremento del daño ambiental y no una disminución
como aducen los otros. Lo que nos hace más pobres, no más
ricos.
Los grandes defensores de
la economía internacional no se cansan de repetir ““
libre comercio”. ¿ quién puede oponerse a la
libertad ?. Si entramos en precisiones, en realidad los ecologistas
no se oponen a la libertad de comercio sino a la del comercio internacional
sin ataduras reglamentarias. La ausencia de reglas no siempre es
una buena política.
Asusta pensar que los economistas
se han dejado llevar por la belleza de los resultados y la lógica
de sus pensamientos dejando de lado la realidad del presente, contemporánea
en cualquier rincón de nuestro planeta.
La defensa del libre comercio
se sustenta en la sublime idea de la ventaja comparativa. Desarrollada
a principios del siglo XIX por David Ricardo. Este reconocido economista
británico observo que países que tenían costumbres,
recursos y técnicas diferentes divergían a la hora
de establecer los costos de producir los mismos productos. A una
nación podía resultarle más barata extraer
cobre que plantar algodón y a otro sucederle lo contrario.
Si los países se especializaban en obtener los productos
que les resultaban más baratos, es decir los que le representaban
una ventaja comparativa y comerciaban libremente para obtener los
otros, todos saldrían beneficiados.
La postura ideológica
de David Ricardo goza de una coherencia lógica ejemplar,
no así una de sus premisas fundamentales, muchas veces dejada
de lado. Todos los factores intervinientes en la producción
( en especial el capital ) se caracterizan por ser inmóviles
en el país que se originan y no transferidos a nivel internacional..En
el mundo actual donde se transfieren miles de millones de dólares
a la velocidad de la luz, este requisito no se cumple. Pero tampoco
se cumplen otros requisitos fundamentales y esenciales de los postulados
de David Ricardo. Los mismísimos defensores del libre comercio
no se cansan de estimular las inversiones extranjeras como una excelente
táctica para su desarrollo.
Simplificando, los que propugnan
el libre comercio argumentan por un lado el carácter adiabático
de las fronteras nacionales al capital, mientras que apoyan políticas
tendientes a la apertura de dichos entornos a la migración
de capitales y mercaderías de una nación a otra.
Este hecho deja en evidencia
el desigual beneficio obtenido para cada uno de los socios territoriales.
Las naciones una vez que logran
su especialización pierden la “ libertad de comerciar
“ recargando a sus costos de producción y transacción
internacional un gravamen adicional pocas veces tenido en cuenta.
Un detalle al que se le debe brindar especial atención son
los “ costos de transporte “ que en la mayoría
de los casos resultan elevadísimos y en líneas generales
son subvencionados por los respectivos países. Mientras que
los costos ambientales resultantes de la quema del carbón,
madera o petróleo. En sólo casos remotos son asignados
al precio de dichos combustibles.
Resumiendo. El costo total
de la energía utilizado para el transporte, despojado del
camuflado compuesto por los subsidios y el no tomado en cuenta costo
ambiental. Reduciría de manera importante los beneficios
de la actividad comercial de larga distancia a nivel nacional e
internacional.
Además hay otros claros
ejemplos que no debemos dejar de lado que ponen límites al
libre comercio y reducen su eficacia. Podríamos tomarlos
de la “ ventaja comparativa “. En el comercio internacional,
en más de la mitad de los intercambios simultáneos
se trata de los mismos bienes. Los Argentinos importan galletas
de Brasil y los brasileros galletas argentinas.
Con toda razón sería
mucho más rentable intercambiar las recetas, fundamentando
la teoría Keynesiana de que las mercancías deben ser
nacionales y el conocimiento internacional.
Otro problema muy poco considerado
es el referido a la contracción laboral. Argentina tiene
una clara ventaja comparativa en el ganado vacuno y lanar. Considerando
las premisas del “ libre comercio “, los ciudadanos
argentinos tendrían dos claras oportunidades. Las de ser
vaqueros o pastores. Sin embargo los argentinos quieren poseer servicios
médicos, legales, asistenciales, financieros, educacionales
o culturales propios. No sólo limitándose a trabajar
en Agricultura o Ganadería. Esto es un factor no excluyente
si se quiere construir y desarrollar una conciencia de comunidad
y nación. Argentina se enriquece de tener un cuerpo estable
de Ballet, aunque fuera más rentable importarlo a cambio
de la venta de lana, pieles, carne o miel.
No me cabe ninguna duda de
que vaqueros y pastores argentinos se estimulan y desarrollan en
forma extremadamente positiva intercambiando relaciones con compatriotas
que se dedican a otras ocupaciones. Creo firmemente que en todo
este asunto del libre comercio internacional se ignora el verdadero
alcance comunitario del bienestar por un razonamientos simplista
de que el comercio y la especialización pone al alcances
de la comunidad un ábanico creciente de mercaderías.
Todos estos inconvenientes
planteados para el “ libre comercio internacional “
deben tenerse muy en cuenta a la hora de decidir si extenderlo o
limitar su expansión. Las medidas que se tomen para alcanzar
una integración de las economías nacionales deben
tomarse como erróneas, salvo en algunos casos que se demuestre
lo contrario. La teoría de la ventaja comparativa al igual
que la teoría de integración de la física,
resultan bellas y ciertamente atractivas. Pero y en el caso específico
de la teoría económica podría representar un
viaje de ida a la desintegración económica y social
de las naciones. |